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Obras maestras de Mozart: Misa de Réquiem

La Misa de Réquiem de Mozart

La Misa de Réquiem en re menor K. 626 es la última obra que Mozart compuso y, probablemente, una de las más importantes de todo su catálogo, no solo por su calidad musical, sino también por la leyenda que a ella va asociada. Mozart escribió mucha música sacra, aunque casi toda durante el periodo que pasó en la corte de Salzburgo, ya que en Viena solo compuso la Misa en do menor KV 427 y este magnífico Réquiem. La genialidad de Mozart queda también patente en su música religiosa, en la que fusionó todos los estilos de la época y captó el sentimiento religioso de una manera muy particular, desligándolo de toda institución y transformándolo en música pura.


El culmen de la música religiosa

La misa es uno de los géneros más importantes de la música religiosa y consta de una estructura fija que incluye las secciones correspondientes del servicio religioso principal de la Iglesia católica. La misa de difuntos presenta algunas diferencias respecto a otro tipo de misas, ya que incluye partes que no aparecen en estas y también elimina algunos de los fragmentos que contiene la misa tradicional. Mozart compuso su Réquiem para orquesta, coro y voces solistas (soprano, contralto, tenor y bajo). Contenía las siguientes partes, que fueron puestas en música mediante una gran variedad de técnicas compositivas:

  • Introitus (Requiem Aeternam)
  • Kyrie
  • Secuencia, parte formada por diferentes secciones: Dies Irae, Tuba mirum, Rex tremendae, Recordare, Confutatis y Lacrimosa.
  • Offertorium, en el que se incluyen dos secciones: Domine Jesu y Hostias.
  • Sanctus, formado por el propio Sanctus y el Benedictus.
  • Agnus Dei
  • Communio: Lux Aeterna

Las características musicales de este réquiem reflejan muy bien el estilo compositivo de la última época de Mozart: el uso de timbres sombríos, acentuado por el empleo de trombones y corni di bassetto (clarinetes bajos); el carácter solemne que aporta la tonalidad de re menor; la utilización de cromatismos muy acentuados y la inclusión de elementos barrocos (secciones polifónicas y fugadas) que casan a la perfección con el contenido de la obra y con el momento vital en el que se encontraba el compositor.


Un réquiem… ¿para su propia muerte?

La composición de esta obra está rodeada de misterio. El réquiem fue encargado a Mozart por un desconocido enviado por el conde Walsegg. Este conde era un músico aficionado que deseaba que el compositor escribiese una misa de difuntos para el funeral de su esposa. El hecho de no presentarse él mismo y enviar en su lugar a un desconocido, que vestía completamente de negro para permanecer en el anonimato, responde a su verdadera intención, que no era otra que apropiarse de la composición y hacerla pasar como propia.

Mozart se encontraba en un momento muy complicado: su salud decaía y se encontraba muy abatido desde la muerte de su padre y, a consecuencia de esto, casi obsesionado con su propia muerte, por lo que todo lo que rodeaba a este encargo secreto llegó incluso a atemorizarle… o eso dice, al menos, la leyenda. Lo que sí es cierto es que el conde no pudo finalmente cumplir su cometido, ya que la enfermedad de Mozart se encontraba en un estado muy avanzado y al joven compositor le sobrevino la muerte antes de ver terminada su gran obra. Solo llegó a componer los primeros compases del Lacrimosa, y fue su discípulo Süssmayr quien completó la instrumentación (según las indicaciones de la partitura de Mozart) y las partes que faltaban.

Sea como fuere, el réquiem constituye, sin lugar a dudas, el culmen de su talento artístico y el dominio de su oficio como compositor, y lo erige como uno de los músicos más importantes de todos los tiempos.


Escucha el Requiem de Mozart


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