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Grandes obras de Mozart: Sinfonía n.º 40 en sol menor, K. 550

Sinfonía n.º 40 en sol menor, K. 550

Compuesta en el mes de julio del año 1788, la sinfonía n.º 40 es la penúltima que escribió Mozart. El verano de ese año fue enormemente productivo para el compositor, ya que durante su curso escribió también las sinfonías n.º 39 (finalizada en junio) y n.º 41 (concluida en agosto). Mozart solo escribió dos sinfonías (no se sabe con seguridad si una tercera) en modo menor, casualmente ambas en la tonalidad de sol menor: la n.º 25 (conocida como la «pequeña sinfonía en sol menor») y esta, la n.º 40 (en contraposición, la «gran sinfonía en sol menor»).


Mozart, el gran sinfonista

La sinfonía es un género de música orquestal dividido en cuatro movimientos que sigue el modelo de la sonata (que era una composición instrumental de varios movimientos para uno o más instrumentos). Cada uno de los movimientos tiene un carácter y un tempo diferentes. Esta sinfonía de Mozart sigue, como todas las sinfonías del periodo clásico, este esquema:

– El primer movimiento es un Molto allegro que sigue la forma sonata. «Forma sonata» es la denominación otorgada a una forma musical que sigue una estructura en tres partes, entre las que se distinguen la exposición (en la que se presenta el tema o temas principales), el desarrollo (en el que estos temas se elaboran o se varían) y la reexposición (en la que se vuelven a exponer los temas, a modo de conclusión).

– El segundo se trata de un Andante, un tiempo lento —también en forma sonata— escrito en la tonalidad de mi bemol mayor. Es el único movimiento de toda la sinfonía en el que se cambia la tonalidad inicial. Tiene un carácter lírico y expresivo.

– El tercer movimiento es un Menuetto con Trio escrito en un compás de tres tiempos. Tiene una estructura en tres partes: minueto, trío y, de nuevo, minueto.

– El cuarto se trata de un Allegro assai. Está escrito también en forma sonata y posee un carácter frenético, lleno de tensión.


El reflejo de la vida del genio

Esta sinfonía, al contrario que el resto de sinfonías de Mozart, tiene un carácter trágico y profundamente emocional, que con seguridad se corresponde con el propio estado de ánimo en el que se encontraba Mozart cuando la escribió. La obra es un fiel reflejo del drama personal al que se estaba enfrentando el compositor: empezaba a sufrir los síntomas de una profunda depresión, probablemente avivada por las deudas que le asolaban.  Musicalmente, la sinfonía describe muy bien este estado. El hecho de estar escrita en una tonalidad menor (los modos menores se asocian, tradicionalmente, a un carácter más melancólico) ya indica la naturaleza de la obra.

Las circunstancias que rodean la creación de esta sinfonía son bastante curiosas: su composición no respondió a ningún encargo externo, sino que Mozart la escribió para sí mismo, debido a lo cual no recibió ningún pago por ella. Además, la compuso en el periodo estival, época fuera de la temporada oficial de conciertos, por lo que no era probable que pudiera ser interpretada en una fecha cercana. Finalmente, la obra se estrenó (según se cree) en abril de 1791 bajo la dirección de Antonio Salieri. Para su estreno, Mozart revisó la partitura y añadió a la orquestación el papel de los clarinetes; en su primera versión, la sinfonía estaba escrita para flauta, dos oboes, dos fagotes, dos trompas y cuerdas (violines, violas, violonchelos y contrabajos), orquestación en la que resulta destacable la ausencia de trompetas y timbales, la cual aumenta el carácter oscuro y abatido de esta sinfonía.

Apenas quince días después, Mozart terminó su última sinfonía, la n.º 41, también llamada Júpiter, una pieza que contrasta enormemente con la anterior: es una auténtica explosión de júbilo y brillantez. No sabemos qué ocurrió para que el compositor pasara tan rápido de la depresión a la alegría, pero lo que sí es cierto es que a través de ambas obras maestras podemos apreciar la característica dualidad de la personalidad del genio.


Escuchemos la obra

 


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